El peregrino de lo absoluto - Diario del Autor 1910 - 1920 de Leon Bloy

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EL PEREGRINO DE LO ABSOLUTO
Diario del Autor
1910-1920
por LEON BLOY
Editorial Mundo Moderno - Buenos Aires - 1948
 
León Bloy es una personalidad desconcertante. ¿Con quién compararlo? Albert Béguin -tan mesurado y serio- afirma que “los verdaderos compañeros de León Bloy en aquellas postrimerías del siglo XIX, en que las ilusiones del progreso deslumbraron tantas miradas y dieron origen a muchos espíritus clarividentes, son aquellos dolidos, aquellos atormentados, Nietzche, Rimbaud, Dostoievski, que parecían anacrónicos en ese tiempo de ciego optimismo, y que lo eran realmente: eran anacrónicos in anticipo”, en el sentido de que previeron las devastaciones de una “sociedad satisfecha de vivir en los límites de lo permitido, feliz de haber recibido la noticia de la muerte de Dios”[1]. Bloy es uno de ellos, pero es también diferente.
 
Hoy hay un renovado interés en Bloy. Se tiene la impresión, con todo, de que -salvo algunas excepciones- no conocemos al “verdadero” León Bloy. Se lo lee deteniéndose en los aspectos secundarios de su obra -paradoja, violencia verbal, simbolismo exagerado, misticismo exacerbado- sin captar la inspiración de fondo. Su obra es un sucederse de relampagueos y de furores: los relampagueos de un genio que intuyó que la santidad era la única vocación del hombre, los furores de un alma sacudida por el deseo de Dios y por la impaciencia escatológica. Aquí nos propondremos analizar dicha obra para captar el “alma” de un profeta que pertenece -una vez más es Béguin quien lo sugiere- a la “familia espiritual” de Claudel, Peguy y Bernanos.